De niña nunca fui de las que dibujaban todo el tiempo, pero en algún momento, durante el colegio, algún día en una clase de dibujo técnico esa forma perfecta y estudiada de representar lo real y lo irreal me caló. Me gustaba la sensación de saber que en mi hoja de papel todo era exacto, sin una linea de mas ni un tachón inoportuno. Cuando eso sucedía era tan fácil arrugar la hoja y lanzarla a un rincón de la habitación, era tan sencillo volver a empezar con una nueva hoja, nuevas ganas y la sonrisa de quien sabe qué error ya no volverá a cometer.
Paralelas, perpendiculares, tangentes, circunferencias, elipses...todo podía llevarse a un simple trazo, todo partía del mismo lápiz, el mio. Distintas durezas para diferentes trazos, 2B, HB, 4B, rotrings y tiralíneas, compás y escuadra. Mi primer paralés fue para mí como un gran juguete, amarrado a los bordes de mi mesa reclinable controlaba la inclinación de todas las lineas y media cada centímetro de la hoja haciendo imposible un mal trazo, un mal paso. Adoro la milimétrica perfección de un dibujo técnico, para mi es como domar el espacio y el papel, hacer que cada linea y punto encajen y formen una figura exacta, precisa.
Luego llegaron los dibujos a mano alzada, y la adicción cogió forma y me enredó. Me pasaba horas sentada delante de cualquier fachada haciendo trazos, bocetos y dibujos, desarmando cada detalle arquitectónico como quien desarma un motor, pero en mi cabeza, y luego, a través de mi mano todo volvía a aparecer sobre el papel, y cada ladrillo ocupaba de nuevo su sitio encajando en el engranaje total. Nuevamente era fácil, preciso, exacto. Simple cuestión de ver y practicar, siempre el siguiente dibujo salia mejor, errar solo conducía a la destreza.
Mi profesión nace de unas lineas en un papel cualquiera, en una servilleta de un bar a media tarde, delante de un café y con mas ideas que medios. Nace de un sueño despierto, de las ganas de alguien de querer hacer diferente algo que se ha repetido un millón de veces antes. Mi trabajo es desenredar esa idea, desmembrarla, estudiar cada parte y hacer que, de nuevo, con todo encajado, sea lo mas parecido al sueño del que brotó. La mente de un gran arquitecto no sabe tocar en acordes menores, siempre va a más, siempre desea la diferencia. Imagino que mi parte en ese proceso es bajar a la tierra y a la realidad las ideas de un loco.
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