6.30 a.m. y ya se nota el calor. Bajo tierra pulen los días los habitantes de esta ciudad. Bajo tierra duermen y sueñan con vidas imposibles a nivel de calle. Bajo tierra ven pasar la vida dormitando a deshoras entre estaciones, llevando todos la misma máscara, la mirada fija clavada en el móvil, o en algún periodicucho que cuenta historias de la superficie, revistas de moda y arte con imágenes del sol que aquí nunca llegará. Las músicas del mundo retumbando en sus orejas, o quizás un noticiero radiofónico que emite ondas casi desde el mas allá. Cualquier cosa que te aisle del vagón y su humanidad.
Alguna vez alguien soñó que el planeta se anegaría de agua y nos veríamos obligados a vivir en barcos a la deriva. Erró sólo en cuanto a lo del agua. La vida en la urbe palpita bajo tierra, como topos ciegos en túneles sombríos. Allí abajo he visto indiferencia y soledad, escándalos, abandonos, frustración, olor a azufre y mentiras de mendicidad con zapatillas de marca. He escuchado carcajadas explosivas de cerebros hambrientos de ocio, buscando dinamitar sus penas. He oído otras lenguas y observado otras costumbres, contagiadas todas por el virus de la prisa. He visto amor maternal, paternal, homo y hetero, senior y pasional. He clavado los ojos sobre los besos de dos extraños deseando no ser una extraña mas en el vagón. He leído de reojo sobre hombros ajenos a Séneca y a Mafalda. Me he reído con historias que no me contaban a mi y me he estremecido al oir acentos cargados de eses, como el mio.
Bajo tierra respira el potencial, el motor de ésta ciudad, y bajo tierra se oxida sin sol que seque sus humedades.
Bajo tierra no se oyen latidos ni pasos, solo existe el traqueteo de un vagón que huye hacia adelante de rutina en rutina.
Por eso, cuando mi prisa encuentra hueco para respirar yo siento que me gano el gordo. El reloj deja de repicar para mi y salgo del gusano metálico. Me elevo sin despegar los pies del suelo sobre las escamas de un dragón plateado. Asciendo y salgo del agujero, cruzo pasillos y traspaso barreras que acordonan este submundo como si de un coto privado de caza se tratase.
El gordo es ir notando el frio a medida que sales, oir solo tus propios pasos y tus propios pensamientos. El gordo es encontrarte justo antes del penúltimo escalón y sentir que la superficie ha bajado a recibirme.
El gordo es rodearte y dejarme rodear.
El gordo es caminar para ir perdiendo el tiempo mientras lo aprovecho en hacer nada contigo.
El gordo, son tus manos frias y terminar las frases con un `eh!´.
El gordo es que desaparezca una ciudad con solo un parpadeo.
El gordo es el número de la matrícula de tu coche, y los kilometros que hacemos juntos antes de celebrar nuestra fortuna entre mis sabanas.
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